Historia de Roma

Coliseo de Roma

Era una ciudad y se convirtió en un Imperio: el más vasto, majestuoso, soberbio y duradero que recuerda la historia de Occidente. Sus confines se extendían desde las ásperas tierras de Escocia hasta los áridos, calcinados desiertos de Arabia y Persia: desde las costas de Mauritania recorrían el océano hasta las interminables, desoladas llanuras de Europa central y oriental, pobladas de multiformes y anónimos nómadas errantes. En todas estas tierras dominaban las águilas de Roma: estandartes que habían conocido duras derrotas, pero que fueron rescatados uno a uno, mediante una victoria formidable. La ley y la civilización unificaron lo que la espada había conquistado. Nadie mejor que un poeta, el galo Rutilio Namaciano, supo explicar qué significaba el Imperio: «No te detuvieron las abrasadoras arenas de Libia, ni te repelieron las regiones extremas cubiertas de hielo. Hiciste una sola patria de gentes diversas, favoreció al sin ley convertirse en tu tributario porque tú transformaste a los hombres en ciudadanos e hiciste una ciudad de lo que antes no era más que un globo.»
Desde Carlomagno hasta Napoleón, una constante de la historia europea fue la reimplantación de estos resultados y la voluntad de renovarlos. Constante fue también la meditación sobre la suerte de Roma: la increíble ascensión y caída.